Colima a media noche

Pablo Íñigo Argüelles

Esa noche bebimos a propósito de la muerte de un amigo. La muerte de un amigo que seguía vivo para entonces, pero que moría, desde hacía días, poco a poco.

La muerte no llega de pronto. La muerte va llegando, la muerte viene siendo, se [nos] prepara; avisa.

Pero casi nunca escuchamos, y si escuchamos no creemos. Seguimos con nuestras rutinas infames: Correr a todos lados, sudar las escaleras, derramar el café enfrente de desconocidos, confirmar constantemente que, en efecto, somos imbéciles, imbéciles de manos lentas, imbéciles de poca monta, pero imbéciles honestos, si usted me lo permite.

Y la muerte, mientras creemos transcurrir como si nada, se va poniendo cómoda en nuestras habitaciones. Usa la ducha.

                        Se maquilla.

                                   Carraspea. Husmea nuestros libros, remueve cajones. Y es ahí que llegamos a casa y nos la encontramos bebiendo un vaso de leche desnatada a mitad de la cocina. La miramos a los ojos como imbéciles —como qué más sino— y entonces ella, todavía con el vaso en mano, se relame los labios e inmediatamente rompe el silencio:

 

            —Y…¿qué tal tu día? 

 

Pues a mí la muerte ya me había venido avisando desde hacía semanas que venía siendo pero yo fingía que no veía.

Primero vi formas extrañísimas proyectadas por el reflejo de un plato de latón en la pared de mi cocina que asemejaban, ahora sé, a un par de calaveras.

Luego —y esto es lo que más me fastidia— fui visitado en ocasiones diferentes por dos palomillas amarillentas de esas que avisan que la muerte anda rondando y, sin pensarlo dos veces, fui por mi desodorante en espray (la única arma letal que tenía a la mano) y refundí al pobre insecto y sus augurios en una espuma blanquecina que fue desvaneciéndose de a poco.

La segunda palomilla corrió con la misma suerte, aunque debo admitir que dio batalla.

Por eso, ayer cuando cogí el teléfono en la esquina de Colima y Orizaba y la voz al otro lado pronunció una diatriba de eufemismos que me condujeron inevitablemente a deducir que mi amigo estaba muriendo, confirmé ser el imbécil que pretendo siempre no ser y maldije, dos o tres veces, por haber ignorado las señales de la muerte que ya me venía hablando desde días atrás.

            Además:

            Ya nadie habla por teléfono

            mucho menos a media noche,                     

  mucho menos en miércoles.

Por eso las llamadas telefónicas han pasado a pertenecer al mundo de los augurios comunes, ahí en donde habitan las palomillas, las calaveras y las inundaciones.

 

            —Iré a verlo mañana mismo—solté.

 

Cuando colgué el teléfono   y en mi estómago se empezó a abrir un socavón, supe que debía ir inmediatamente al lugar en donde todas las noches beben los ex-agentes del CISEN y los bibliotecarios retirados.                                    Andaba de suerte, sólo dos calles me separaban de ese lugar.

Bebería una ginebra con coca-cola y la pediría además con una cascarita de limón, para equilibrar lo dulce. Como estaba seguro que al llegar ahí la muerte estaría esperándome en la mesa habitual, le ordenaría lo mismo a ella  y la invitaría a ponernos al día, hablar de lo que hablan los compañeros de oficina, preguntar por los hijos, etc.

 

            Fue así como esa noche bebimos a propósito de la muerte de mi amigo.

***

Fui a verle a los dos días. Moría con paciencia, en su casa, dentro de su recámara.

            Y vi atisbos de él.

            No era mi amigo,

            sino atisbos de él.

Un borrador a la inversa. La tinta que permanece en las bitácoras de un barco hundido.

            La escena ya es conocida: Televisión en un canal que los presentes pretenden atender pero que sin embargo ignoran; la quietud de las sábanas, una lampara que guiña, olor de vegetales hervidos a priori.

 

            Silencio.

 

            Polvo

                        flotante.

 

¿Tocaste alguna vez la mano de alguien que muere con paciencia? La de él no se sentía del todo seca, pero había esbozos de aspereza, la aspereza del cuerpo deshabitado.

Los objetos al rededor, todos ellos, todos de él, estaban en un estado latente de descomposición etérea: el alma se les estaba yendo, se les venía yendo.

Mi amigo tendido, sin hablar. Uno queriendo pretender que no pasaba nada. Uno diciendo puras mentiras, como que cuando salgas de esta nos vamos a tal lugar. Pero sabemos bien que no hay salida, y que no habrá viaje a ninguna parte: La muerte nos orilla a decir un montón de mentiras.

En algún punto dije algo, no me acuerdo qué, un mal chiste, como suele la gente hacer en esos momentos en que la muerte apremia. Y mi amigo intentó una sonrisa. Yo lo ví, ví sus músculos hacer el esfuerzo. Le vi las comisuras de la boca plegarse y con ellas saliva seca y blanquecina.

           

            Logró reírse.

 

Luego llegó ese olor. El olor seco de la boca seca. El olor más familiar y más humano, el más fisiológico, si usted me lo permite. Y regresé en mi mente a Colima y luego al bar donde se emborrachan los ex-espías y los ex-intelectuales, y recordé que el mismo olor emanaba de ella, de la muerte, cuando reía y me hablaba del último chisme político, y la misma sustancia blanquecina se le acumulaba en los pliegues de la boca.

            Era el mismo olor. Juro que era el mismo olor.

 

Me despedí de mi amigo y de sus hijos —que me doblan la edad— mintiendo.

            —Vengo mañana—

 

Salí y lloré, como lo hacen los cobardes. Caminé hasta mi coche, subí y me quedé una hora ahí dentro, pensando en él y su paciencia incomprensible.

¿De qué habría servido escuchar con atención las señales de la muerte a tiempo?, ¿en qué hubiera cambiado todo?. Si hubiera atendido el primer llamado  —el del reflejo de las calaveras— y hubiera dicho que la muerte se acercaba, hubiera sido tomado como lo que soy: un imbécil más, un imbécil profeta, un imbécil charlatán.

 

            La muerte no es, y ya.

            La muerte viene siendo.

 

Y aunque sepamos de su llegada a tiempo, en nosotros no queda hacer nada.

 

Ahora espero otra llamada, la otra llamada. Debo admitir que ahora que cruzo Colima y Orizaba, lo hago apresuradamente, como si eso significara burlar la muerte y su señal definitiva.

 

            Es sábado, temprano.

 

            El teléfono todavía no ha sonado.