Eunice cruzaba una frontera
Pablo Íñigo Argüelles
Eunice cruzaba una frontera cada sábado. No era una frontera imaginaria —como suelenser las fronteras—, mucho menos una frontera prosaica —como también suelen ser a veces las fronteras—; Eunice cruzaba una frontera que estaba hecha de acero, madera y grava, atada al piso: horizontal, construida por sus tatarabuelos, por los tatarabuelos de sus vecinos, como parte de aquellos trabajos en cadena que lo mismo eran para prisioneros que lo eran para esclavos.
Eunice cruzaba todos los sábados una vía del tren que demarcaba geográficamente el lugar donde debían vivir los negros, el lugar donde debían vivir los blancos.
Esa hazaña, con todos los peligros que representaba (era el sur de Estados unidos, era la década de los treinta, ella era una niña negra de siete años) quedaría por siempre marcada en el código humano de Eunice Kathleen Waymon.
¿Y para qué Eunice cruzaba esa frontera?
Debía visitar a la Señorita Mazzy para tomar sus lecciones de piano. La Señorita Mazzy, una mujer que aparentaba muchos más años de los que en realidad tenía, era una inmigrante europea con la piel más blanca que la nieve, y creía —estaba convencida— al igual que muchas personas (blancas y negras) de la localidad de Tryon, Carolina del Norte, que Eunice sería la primera concertista negra de la historia de los Estados Unidos.
Sea por eso que la Señorita Mazzy crearía más tarde el “Fondo Eunice K. Waymon” cuando los padres de Eunice dejaron de poder pagar las lecciones de piano. Sea por eso que toda la comunidad contribuyó para que la pequeña Eunice siguiera aprendiendo Bach, Beethoven, Chopin, pero sobre todo Bach.
Sea por eso que el fondo fue tan exitoso que alcanzó para pagar la educación de Eunice cuando llegó la hora de ir a una de las mejores escuelas de musica en el mundo: Juilliard, en Nueva York.
Sólo existía una razón de vida para Eunice: ser la primera concertista negra en la historia de los Estados Unidos.
Sea por eso que para sostener su vida de estudiante, Eunice debió trabajar veranos enteros en los cabarets de Atlantic City, Nueva Jersey y tocar de todo: jazz combinado con Chopin, Chopin combinado con Jazz, siempre con un vaso de leche fría encima del piano: seguía siendo una niña.
Pero su motivo seguía retumbando en su cabeza: ser la primera concertista negra en la historia de los Estados Unidos.
Sea por eso que Eunice siguió cantando, tanto en Jersey como en el Harlem, en el Village como en Philadelphia. Sea por eso que después de grabar su primer álbum —un álbum, nada serio, tan sólo para seguir pagando Juilliard— una sola canción repetida mil veces en la radio la haría una estrella “de la noche a la mañana” (sino de qué otra forma nacen las estrellas).
Sea por eso que cuando llegó al escenario más importante de Estados Unidos, el Carnegie Hall, a principios de los sesenta, Eunice Kathleen Waymon lo hizo decepcionada por no haberlo hecho como la primer pianista clásica negra de los Estados Unidos, si no, simplemente, bajo el nombre de Nina Simone.