Corolario
Pablo Íñigo Argüelles
23:55: Escribo que escribo.
00:23: Cierro la computadora. Salgo al cielo y me acuesto un rato panza arriba. Eso de salir al cielo es un decir, nadie sale al cielo, perdóneme.
(¡Perdonemé!, dirían los porteños).
Pero yo sí, yo a veces salgo al cielo, aunque no siempre. La primera vez que lo hice fue en una cancha de futbol. Tenía 8 o 10 años. Ahí fue cuando me inventé lo de salir al cielo, que es sólo acostarse boca arriba en el pasto y observar el cielo hasta que se vuelve un óvalo.
Sólo hay que intentar absorber con los ojos la redondez inversa de la tierra.
00:40: Entro a casa. Cierro la computadora. Me tardo una eternidad en subir las escaleras.
00:45: Revuelvo papeles. Entre ellos encuentro cartas, poemas heridos, mi boleta de calificaciones de sexto de primaria.
Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél? Después de barajar memorias siento un vértigo agudo que nace en el centro de mi pecho.
00:46: Todo se me viene encima. Los libros, los discos, mi madre, el perro. ¿Cómo se verá esto cuando todo haya pasado?
00:53: La sensación de vértigo no cede. Lo adjudico —ya con la mente más despejada—a un ataque súbito de melancolía. Menudo idiota. Pero sí.
El dolor por lo que no ha pasado todavía ataca casi siempre al centro del pecho y en la madrugada. Los síntomas son dolores húmedos, sudor frío y una sensación de vacío inconmensurable.
00:56: Bajo a la cocina. Me sirvo un vaso de leche. No encuentro explicación al poderoso antojo de un vaso blanco de leche helada. Tomo un trago y pienso en Michelle Pfeiffer y en esa escena en la que bebe fervientemente cincuenta vasos de leche antes de convertirse en Gatúbela.
00:56: Renuncio inmediatamente al pensamiento de Michelle Pfeiffer. La leche ya no es leche. Es pura agua, muchcachos, dice en mi mente mi antigua maestra de química.
1:03: Me propongo leer. Abro el libro. Lo primero que veo es: “la melancolía es un una tristeza inexplicable…”.
Cierro el libro.
Decido otra vez salir al cielo.
1:06: ¿No estaré soñando?
1:46: Pienso que ya he visto todas las películas que hay en Netflix. Ya todas me parecen iguales. Ya no sé en cuál de ellas Julia Roberts es John Cusack y viceversa. Qué afán por ver, ver, ver. Netflix es un mal. Ooops…¿Sigues ahí, Pablo?
El Rey Midas de la convención, el Rey Midas de la homogeneidad.
1:46: ¿No estaré soñando?
2:03: Vuelvo a leer. Abro el libro. Sigo: “…tristeza inexplicable y sorda que, como el amor, o más que éste, es capaz de hacer girar los mundos”.
2:03:Cierro el libro. Vuelve el vértigo. Pienso en mi perro y en su amor por la pelota. Lo veo corriendo tras ella y pienso que en ese ínfimo instante en que no la tiene en el hocico y está corriendo detrás de ella, él siente algo muy parecido a lo que yo ahora.
Melancolía.
2:05: Escribo que escribo.
2:36: Salgo al cielo.