Texarcana
Pablo Íñigo Argüelles
Buddy Bolden debió haber sido un gran tipo. Es imposible que alguien abyecto y cruel pueda pararse a mitad de la madrugada en la ribera del Mississippi a soltar notas sincopadas al aire, sin nadie que se lo haya pedido previamente. ¿Quién desgarra la dermis de su trompeta, lanzando notas a la eternidad frente al río Jordán? Aquello sólo lo hacen los tipos buenos, y los tipos buenos, por lo general, son los mismos a quienes le atormentan los demonios a mitad de la noche y que utilizan sus manos para amasar la arcilla del éter y escriben un libro, o pintan un cuadro, o hacen el amor.
Ahí está la diferencia: si a mí llegan los demonios en la madrugada, voy con Betty y le suelto una paliza que acaba en llanto y en prometo que es la última vez, Betty, prometo que te amo, Betty, yo no soy así, Betty. Si a Buddy Bolden le llegan los demonios, es casi seguro que ahí, junto al Mississippi esté creando un nuevo estilo de música que cambiará para siempre la historia del mundo; si a mí me llegan los demonios, Betty, querida, no lo haré de nuevo, lo juro.
Vamos por esta carretera, siguiendo estas líneas que terminan por marearme. Betty duerme a un lado mío y yo tomo su mano, fuerte, pues es noche de luna y no hay nada que Betty quiera más en este mundo tan sucio que una buena luna, grande y brillante como la que hoy está al final de la carretera. Despierta, Betty, mira qué grande luna, mira su luz, querida.
Si usted me preguntara si conozco el camino, le diría que no, por supuesto. Pero es que he tenido que largarme porque el viejo estuvo a punto de matarme. De suerte que cuando pasó todo y el viejo llegó por la puerta de la cocina a gritar como un lobo, yo tenía las llaves del camión en la bolsa de mi pantalón y entonces sólo tuve que cargar a Betty. De suerte que el viejo siempre ha sido un cojo bueno para nada y no tiene ni siquiera un buen tractor, entonces, la huida no fue cosa complicada, sólo fui camino de Texarkana porque ahí no hay nadie que me esté buscando ni nadie a quien Betty no quiera encontrarse.
Pero este camino, si usted me lo pregunta, es como todos los caminos que he tomado siempre. Es exactamente igual que la que lleva de Tallahassee a Pensacola, y al que de niño nos conducía a Gulfport todos los veranos, papá porqué nunca podemos ir a ese museo de los trenes, papá, papá, porqué, dime porqué, papá. Es una carretera eterna con planicies a los lados repletas de ángeles que le miran a uno y que lo juzgan, tan pronto uno gira el volante o baja la mirada para buscar un trago de Bud, lo juzgan a uno.
Despierta, Betty, querida, mira los ángeles que nos juzgan, ¿no quieres verlos?, te encantaría verlos, estoy seguro de ello, por favor velos, amor, que me juzgan mucho y tu siempre resuelves todo. Un maldito tejón cruza la carretera y casi me hace perder el control. Buddy Bolden jamás lo perdería, Buddy Bolden se aferraría al volante como lo hacen los trompetistas que inventan mundos nuevos y conduciría este camión con la mente misma.
Los volantes, déjeme explicar, son para novatos.
Una música entra por la ventana. O eso creo al principio. Rectifico. La radio ha venido encendida desde la última vez que vi al viejo por el retrovisor corriendo detrás del camión, sólo que ahora capta una de esas emisiones errantes de ondas radiales que sólo pueden existir en la madrugada de nuestras imaginaciones y resuena en el vacío de la cabina. Es Buddy Bolden, o algo parecido. Una trompeta que se confunde con la estática crea sonidos como salidos de una de esas historias que a Betty le gusta leer, Betty, querida, ¡escucha!, ¿recuerdas esa historia de marcianos que me contaste?, ¿cómo era?, Betty, querida, dime, por favor, ¿cómo era?. Pero nada la despierta y yo caigo en cuenta de mi error y me digo estúpido: Buddy Bolden nunca grabó nada, Buddy Bolden es sólo un mito, el mito del hombre realizado, soltando notas al azar en frente del Río Jordán.
Por eso Buddy Bolden y sus demonios crearon mundos nuevos de música que inundaron el mundo occidental, porque Buddy Bolden y sus demonios no existen. En cambio, cuando a los hombres que somos reales, nos visitan los demonios, hacemos lo que hacemos y Betty grita ¡para, por favor¡, y el viejo dispara al aire con una escopeta mientras tropieza con sus tobillos regordetes y cae en el piso de la finca.
Vamos llegando a Texarkana, y Texarkana es, déjeme explicarle, un lugar idéntico a todos los que he ido en mi vida, un amasijo de miseria iluminado por farolas que son ojos, ojos que nos juzgan. Betty, querida, hemos llegado, despierta, por favor. Betty, despierta, te he traído a un lugar nuevo, un lugar como esos a los que siempre me has pedido ir en el verano. Despierta, Betty, anda, te va a encantar, querida.
Creo que dormiremos junto a este parque, aquí, en donde no hay farolas, junto a estas bancas. Sí, creo que aquí está bien. Apagaré el motor, callaré la radio con un manotazo, pensaré en el viejo y le daré a Betty las buenas noches.
Que duermas bien, querida.